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| Mi padre y tío Jorge |
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| Hoy mi padre me manifestó su pesar y se sentó bajo el yagrumo a esperar una llamada, una llamada de muerte envuelta con hojas y olor a crisantemos secos. Me extrañó que hablara de muerte y que esperaba esa llamada Un hombre que bailó una danza infinita con la muerte, muchas veces, y aún está tibio y con olor a pacholí (a vetiver, debo decir, pues soy muy francófilo). Corrió el cintillo de la ausencia de sus muertos que no se han podrido, pues, el amor que siente por ellos los balsamó con ternuras y encuentros para envolverlo y reencontrarlos al otro lado del río. Allá, muy lejos, donde no han vuelto, donde nos esperan, y no se cansan de la espera, pues nos aman. Hoy mi padre se quedó esperando una llamada, pero tío Jorge lleva unicornios en su piel y se arropa con plantas de moriviví para cantar una canción nostálgica, pues, nunca conoció la tristeza, aunque la ha cargado en sus ojos por las nueve décadas que lleva decantadas. Hoy tío Jorge punza mis sentidos, para decirme que me ha amado, y yo veo su silueta quieta por lo triste y por lo alegre de su soledad que viste como harapo de vida, por que los canutillos y las lentejuelas y el terciopelo o el lino o el algodón egipcio nunca rozaron su piel. ¡Que bueno! El siempre vistió nobles ropas de libertad. Y los convencionalismos y las doctrinas y dogmas religiosos no penetraron y erosionaron su mente. Que bueno que tío Jorge está con nosotros, aunque mi padre espere la hora de su partida. Rodolfo J. Lugo-Ferrer |
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